La boca desdibuja el atardecer
con ronca sinfonía,
los amores así como el cigarrillo
se han esfumado
y la tenaz aurora de entre las piernas
humedeció un rostro,
se tiznó la cantata con inerte sinceridad
y los ojos zambos
marcháronse con buenaventura...
El invierno al umbral hizo desfallecer
y retrasado
como cualquier invierno musitó excusas
que calmaron ansias, no corazones.
El quejumbro sazonó al son de la nobleza
y la ingenuidad
y todas las luciérnagas para siempre
iluminaron el camino y
al fondo siempre hubo música y luz
la belleza siempre fue mulata.
Dios salve la temible hermosura
del naranjo
cuando el alba retome la ternura.
Dios te salve a ti siempre
María mía.

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