A la mujer de la guitarra
Acampaba en sus lindes,
en un pedazo de tierra gastada de sales
su retazo, cual breve cintura
caía callado en el hombro de su atardecer
Buscaba la figura de su copa
en todas las bocas de los hombres
¡Ay, como bebieron su sangre y su manantial púrpura!
Que triste la bucólica muchacha
sus guantes de seda
aplacaron el gris destino
de su lunar y sus manos párvulas.
Y no se salvó,
porque los libros cantaron para ella
canciones de muerte y
medianos tapujos...
saltó y ya nunca más desnuda.
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