domingo, 21 de abril de 2013

Canto quinto: Amaneceres


El azulado corpóreo
el manantial rebelde
el próspero cenit.
Sobre su pecho caía la furia
de los crepúsculos mortuorios
y la lánguida alondra,
flor única cortada,
sangraba.
Y su pecho se abría
para que dentro,
intacto e inverosímil
se posara
el amanecer.
El túnel yacía
ido y venido
como enredadera
del muro milenario
¡Qué lumbre más clara!
la de tu sol negro
viniendo a la mañana
del obstáculo final.
Qué canto tan oscuro
ha recitado
tu dolorosa boca
muchacha,
qué hiciste para que dios
rompiera tus venas
y tiñera el cielo albo
qué olvidaste
para que la furia
del mar
hiciera estrépitos en la orilla.
Dime muchacha iracunda
qué hiciste
para que las estrellas
no te iluminaran.
¡Que tristeza más temprana!
que tu aurora haya caído
en el lecho podrido
del óbito sublime.
Volverás callado a las tinieblas
de este amanecer
                      descalzo.

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