Comienza la noche con tibio ardor,
con entrañas como remolino
y la boca apretada, sonrojando casi
con el estrépito de los ruidos guturales.
Y habían luces,
como luciérnagas juntas y arrepentidas
iluminando los océanos
haciendo sonidos desde los adentros.
El titubeo de las mandrágoras
deshojaban los senos
construyendo, una dimensión alterna
como venida de una alarma inoportuna
o alguna melodía desentonada;
la flecha como el diente
y el diente como imperio.
Los tapujos deshonrados
crujiendo en el suelo,
como si la tierra fuera solo algas azuladas
como si la risa se amontonara
en los versos que no escribo.
Es entonces, cuando en la sien
la vena infalible palpita a ritmo agobiante
y suena de a poco
el ruido de otra noche burdeo
así como el fantasma de las rosas
el fantasma burdeo, de las rosas burdeo.
Se encaminan en nuestros sexos
hormigas despistadas,
y unánimes olvidan el invierno
y reposan sus huestes
para aliviarnos, de nosotros mismos.
De agujas y arpegio la madriguera del otoño
¡Hermosos y amarillos árboles!
de tu cabeza a tus pies caen
sin propósito.
Y justo atrás de tu mentón y tus ojos
cae el delirio insatisfecho
como nudista en la más febril laguna.
A penas se deja ver el otoño vertebral
que alguna vez brotó
entremedio de ti y de mi.
Los zapatos sin rumbo
salieron a deshacer reproches
y las manos enfrascadas
daban de beber el jarabe magnánimo
de la estría en la cintura
de la arruga en el ombligo
de la silueta en el muslo
y la noche dentro de las bocas.

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