martes, 20 de diciembre de 2011

relato breve de una mañana



Desperté con las tripas revueltas en toda la cama, sueños pegados por la paredes como única decoración, en los ojos una tela de costras.
Fijé la mirada en el trozo de cama que estaba vacía, y estaba casi denudo (solo faltaba sacarse los perfumes), mirándome como un niño mira a su madre, extrañado de mi mal dormir, del desorden visceral, de mi sangre (que en ese tiempo ya era marrón).
Le devolví la mirada con rabia y lástima ¿qué hacía él ahí, sin temores, sin pudores, sin ropa? yo estaba aferrándome, ordenando mis órganos de a poco y el ahí, viviendo como si lo inexorable alguna vez nos haya acompañado...
-Las mañanas son frías- le dije para romper con la fibra de hielo que cubría el lugar y  respondió con una timidez que me dio asco -es que dormiste con la venta abierta. Me di vuelta y quise seguir durmiendo pero el chirrear de sus dientes me inquietaba, me molestaba el sonido de sus restos óseos en esa pieza que ya era demasiado grande.
Entonces me senté exhausta, miré la ropa del suelo, el desorden estructural de la habitación, la incoherencia hacía de mi despertar una ultrajada muchacha. La mañana muda se transformó en un carrusel de ruidos. de armónicos, de molestos, ruidos de cualquier formas, ruidos al final.
Como si entendiera, el quiso tapar mis oídos con besos, pero el ruido había calado esa clase de cosas, había perforado bruscamente su gusto por las de mi tipo, por todas.
Con ingenuidad dice - al parecer no seguiremos durmiendo- solo atiné a tirarle un beso, a lanzarle por el aire uno de mis besos usados (¿qué más podía hacer?).. un beso imaginario (ya no podía dárselos) su voz temblorosa me anuncia esa verdad que incomoda y duele - ¿me lo das? aunque tus labios estén maltrechos, aunque tu lengua esté ajada, dámelo- Tomé un bisturí (el sabía lo que hacer y se recostó en mi regazo), le abrí el pecho, le saqué el timo y lo guardé en un frasco en mi repisa empolvada de polvos ancestrales; no quería su corazón ni sus pulmones, solo quería esa parte innecesariamente necesaria. A pesar de no querer sus órganos de vida tuve que quitárselos, tenía hambre y el dinero a esas alturas escaseaba, escaseaba como escaseaban ya los que se dejan abrir el pecho.
Antes de cerrar sus ojos , para quedarse inerte, hace un gesto de amor, el más espeso, el gesto de su amor moribundo... abre su mano, me entrega una parte de mi intestino que se había robado, lo usé como mi consuelo y  se lo di en la boca, que lo mordiera, que se lo tragara.

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