Estos senos con leche coartada
se endurecen al solo estrépito
de la censura.
Sean muertos aquellos
que de las vísceras quieren salir
remeden el grito
de la buenaventura
para así
la madre llore con
un nimio consuelo
No hay lujuria
que arrebate siquiera
alguna vez
lo etéreo de la interrupción
de surtidores
que no han de estrechar
las manos con el vaivén
del hambre
impuesta por los terceros
de ojos grises.
Se suicidan los corazones
que en el monte vivieron
tal como el lenguaje
sin fin, sin son
sin don, sin mí
han heredado
de los marqueses
la estampa y elegancia
mas
de nada les ha servido
la rebeldía empieza
cuando la vida se acaba.
D
e
s
d
e
dentro,
h
a
c
i
a
afuera
las tinieblas avanzan
envolviendo una vez más
los enfermos caucásicos
y blancos
y ciegos.
Yerto ese cuerpo permanece
no recibe la primavera
de la desembocadura
se ha acabado la descendencia
por lo fortuito indescifrable.
Erebo que puertas abristeis
para que mi mujer
calentara a su hijo,
el fuego amilana la cuna
y el cascabel brota cáustico
para mimar al niño.
Las ojeras de mi alma
han abortado las voces
no tengo a donde volver
ni la ventolera arrasa
con este desamparo.
No llega el álveo
a mares calmos
la placenta terrible
es el alimento de mis tordos
de las remembranzas.
Esta es la muerte,
que con su tilde mordaz
duele bajo la andorga
y punza en los pezones,
pero
los lloros no callan
son fantasmas recurrentes
un enigma en la matriz.
Esta es la muerte,
con su soplo trágico
siempre trágico,
aroma infante y terso.
Esta es la muerte...
Una vez más,
esta es la muerte.
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